La rosa de California by Jesús Maeso De La Torre

La rosa de California by Jesús Maeso De La Torre

autor:Jesús Maeso De La Torre
La lengua: spa
Format: epub
editor: HarperCollins Ibérica S.A.
publicado: 2022-10-24T10:09:28+00:00


Antes de montar, con apenas luz, arrojaron los tres cuerpos al río. Llevados por la corriente, antes del mediodía encallarían a muchas leguas de allí y no los relacionarían con ellos. Recogieron los dos flacos jamelgos y el burro cargado de pieles de castor y una caja de plomo para hacer balas, y siguieron hacia el norte por un camino de hierbajos secos y lascas de caliza.

Hosa sacó una talega de setas comestibles, en las que era gran entendido, y sin tan siquiera descabalgar se alimentaron frugalmente. El apache, por más que lo intentó, no distinguió ninguna huella de las muchachas y de sus captores. Los habían perdido y se le veía desesperado. Parecía que se habían desvanecido sin más, como por un impensado sortilegio, y no podía comprenderlo. Desesperación en los perseguidores.

—¡He extraviado el rastro, por el Espíritu Sagrado! —gritaba Hosa.

Arellano y el sargento se miraban perturbados. ¿Había sido todo inútil? Miraban por el camino de sirga y por los herbajes, pero se hallaban intactos, sin huellas, como si fuera el primer día de la creación. Por allí no había transitado ni bestia ni caminante alguno.

A las pocas horas de improductiva y desesperada marcha vieron a un indio viejo encaramado a una roca. Enseguida aparecieron más. Aunque armados con arcos y lanzas, no parecían belicosos y no estaban pintados. Eran modocs. No amenazaban, solo miraban. Hosa, por orden del capitán, se acercó al más emplumado y, primero en mojave y luego en su propia lengua materna, le manifestó que deseaban hablar con su jefe o chamán.

—¡Seguidme! —les indicó el indio sin dejar de mirar los fusiles.

Prosiguieron todos juntos por la orilla y luego por una profunda garganta, donde se hallaba un poblado miserable, un lugar inhóspito, reseco y paupérrimo, en el que caía el sol a tajo. Apenas si había dos o tres mezquites dispersos, unos chopos y algunas chumberas enanas. No era muy grande, y en él no vivirían más de cien almas. Justo a la entrada, observaron un cadáver de blanco aún fresco, seguramente el del tal Barrault, compañero de los tres que habían despachado la noche anterior.

Despedía un tufo fétido y corrosivo a tripas quemadas y cerosas, donde afloraban enjambres de moscas de muladar. Lo habían torturado, abrasado con ascuas y dejado que los cuervos y tábanos se lo comieran vivo. Varias lanzas con cráneos pelados de hombres y vacas lo escoltaban.

Los más ancianos, que recomían restos de huesos, parecían esqueletos, por enfermedad o por hambre. Una calima gris flotaba en el aire. Los niños, de rostro oscuro y apergaminado y ojos opacos y estrábicos estaban acuclillados como bestezuelas temerosas en las puertas de las chozas, desnudos. Los miraban con desconfianza mientras acariciaban a sus perros lanosos y escuálidos, a los que disputaban las sobras, y tan llenos de mocos y suciedad como ellos.

Los tres dragones, para intimidar, portaban sus relucientes fusiles colgados de las monturas. El sargento Sancho tosía frecuentemente y echaba sangre que empapaba su pañuelo de campaña y luego cogía de su bolsa unos granos de café para chuparlos y mitigar la tos.



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